Dos libros, una idea prestada
La psicología del dinero de Morgan Housel (Harriman House, 2020) y El patrón Bitcoin de Saifedean Ammous (Wiley, 2018) se citan juntos todo el tiempo, casi siempre en la misma frase y casi siempre para sostener la misma conclusión. No deberían citarse así, porque hacen afirmaciones distintas, y solo una de ellas sobrevive al contacto con la evidencia en la forma en que suele repetirse.
El concepto en el que se apoyan los dos es la preferencia temporal: la tasa a la que una persona descuenta un bien futuro frente al mismo bien hoy. Una preferencia temporal alta significa que el futuro se descuenta mucho. Una baja, que no.
Qué afirma cada libro
La afirmación de Housel es psicológica y modesta. Los resultados financieros dependen mucho más de cómo se comporta alguien bajo estrés, aburrimiento y envidia que de lo que sabe. Su evidencia es una serie de casos en los que la parte informada terminó mal y la parte paciente terminó bien, y su conclusión es que la variable útil es el temperamento, no el análisis.
La afirmación de Ammous es mucho más grande y va en la dirección contraria. Sostiene que las propiedades del dinero que usa una sociedad moldean la preferencia temporal de esa sociedad en conjunto, y que el dinero sólido, difícil de producir en mayor cantidad, produce horizontes largos, acumulación de capital y esa clase de construcción que lleva un siglo.
Una es una afirmación sobre individuos y es, a grandes rasgos, una reformulación de la psicología del autocontrol. La otra es una afirmación sobre civilizaciones, y es la que hace el trabajo pesado cuando se citan los dos juntos.
La versión apilada, y dónde se rompe
Puestos uno detrás del otro sale un silogismo prolijo. La conducta genera riqueza. El dinero moldea la conducta. Entonces el dinero correcto vuelve rica a la gente. Es satisfactorio y yo mismo lo repetí. Tiene tres problemas.
La evidencia individual es más débil que el folclore. La investigación sobre gratificación diferida a la que todos recurren es el experimento del malvavisco de Walter Mischel, y el relato estándar, que los chicos que esperaron después les fue mejor en la vida, quedó muy matizado. Una réplica conceptual más grande y más diversa encontró que la asociación era alrededor de la mitad de la reportada originalmente, y que se reducía cerca de dos tercios al controlar por origen familiar, capacidad cognitiva temprana y entorno del hogar (Watts, Duncan y Quan, Psychological Science, 2018). Lo que parecía paciencia prediciendo éxito se parece bastante más a seguridad prediciendo las dos cosas.
Eso importa acá porque invierte la historia causal. Quien tiene un colchón se puede permitir esperar. Quien no lo tiene descuenta el futuro con fuerza porque, para esa persona, el futuro es genuinamente menos seguro, no porque sea peor en autocontrol. Las tasas de descuento son en parte un informe sobre las circunstancias de alguien.
La evidencia civilizatoria está seleccionada por el resultado. Señalar catedrales levantadas bajo dinero metálico y sobreconsumo bajo dinero fiduciario es quedarse con los sobrevivientes. Las épocas de dinero duro también produjeron deflación por deuda, pánicos bancarios y depresiones largas, y el último siglo produjo los antibióticos y el semiconductor. La lista contraria se arma sin esfuerzo, lo que es señal de que la afirmación no se está poniendo a prueba.
"Baja preferencia temporal" se volvió un elogio por tener un activo. Cuando la frase pasa a significar sostener una posición, deja de describir una conducta y empieza a etiquetar moralmente una apuesta, y una apuesta con un beneficio adosado. Ese es el punto en el que un argumento deja de poder perder.
Qué sobrevive, que no es poco
Sacando el barrido civilizatorio queda en pie una afirmación más chica, y es la interesante.
La preferencia temporal es una tasa, y toda tasa está denominada en algo. El costo de esperar no es un rasgo de personalidad, es un número que fija la unidad en la que se espera. Si un año sosteniendo los ahorros cuesta un tercio de ellos, esperar es caro y nadie necesita mal carácter para negarse. Si sostenerlos no cuesta nada, esperar es barato, y la paciencia deja de ser un sacrificio.
Eso no es una afirmación sobre la virtud. Es aritmética, y vale la pena escribirla completa, porque la aritmética también muestra los límites del argumento.
El caso concreto es Argentina, y va en contra de la versión simple. Los argentinos son la ilustración de manual de una población con alta preferencia temporal, y también están entre los ahorristas más obstinados del mundo, con cientos de miles de millones de dólares en efectivo fuera de su propio sistema bancario. Su horizonte no se acortó porque se volvieran impacientes. Se acortó porque ningún contrato largo se podía escribir en la unidad en la que cobraban.
Dónde queda el consejo
Las dos mitades apuntan en direcciones opuestas como consejo, y por eso mezclarlas es un error.
La mitad de Ammous no es accionable. Nadie elige el régimen monetario en el que vive; lo máximo que se puede hacer es elegir en qué unidad quedarse al margen, y eso es una decisión de cartera con sus propios riesgos, no una mejora de carácter.
La mitad de Housel es completamente accionable y sobrevive al matiz, porque su afirmación nunca fue que la paciencia sea un talento. Es que casi todo el daño financiero es autoinfligido, se comete bajo presión emocional, y que las conductas que lo evitan no tienen glamour y están al alcance de cualquiera: gastar menos de lo que se gana, evitar la ruina, dejar la posición quieta.
Eso vale sea cual sea el dinero en el que se cobre. La versión honesta del argumento de Bitcoin no es que el dinero duro vuelve paciente a la gente. Es más estrecha y más defendible: baja el precio de la paciencia, y después sigue estando en cada uno pagarlo. Saber de la distancia entre el número y el valor no cambia nada por sí solo. La conducta es la parte que se controla, y es la parte que estaba haciendo el trabajo desde el principio.
